En los últimos años se ha vuelto cada vez más frecuente ver terrenos completamente “limpios” antes de comenzar a proyectar.
Árboles talados, sotobosque eliminado, suelo desnudo.
Una especie de borrón y cuenta nueva, como si el proyecto necesitara empezar desde cero.
A primera vista, puede parecer una decisión práctica: facilitar la obra, ordenar el terreno, visualizar los límites y simplificar el proceso.
Pero, ¿qué implica realmente borrar todo lo que estaba antes?
Un terreno no es una hoja en blanco
Cada terreno es un sistema vivo. Tiene una topografía, una vegetación, una dinámica del agua, una relación con el sol y el viento, y una evolución adaptativa al entorno.
La vegetación espontánea —muchas veces percibida como desorden— cumple funciones fundamentales: protege el suelo de la erosión, regula la temperatura, filtra el viento, genera sombra, sostiene biodiversidad y construye un microclima propio.
Cuando eliminamos todo eso, alteramos profundamente las condiciones sobre las que luego intentamos proyectar.
Paradójicamente, al “simplificar” el terreno, muchas veces terminamos complejizando el proyecto: necesitamos generar sombra artificial, resolver drenajes, mejorar suelos, incorporar vegetación desde cero y construir barreras que antes estaban dadas.
Es decir, volvemos a construir —con tiempo y dinero— lo que ya estaba funcionando.